lunes, 16 de enero de 2017

Años de formación


Si algún canal se dignara a pasar Barton Fink, el cable no sería tan espantoso. Pero ¿quién mira películas en la tele? Y ¿a quién le importa el cable si todos tienen Netflix? Lo que lleva a la pregunta del millón: ¿por qué todos tienen Netflix?

a) Porque son personas morales o éticas o las dos cosas juntas y no quieren bajarse películas o series del Mercado Negro de Internet; b) Porque son personas inútiles o viejas o las dos cosas juntas que no saben bajarse películas o series del Mercado Negro de Internet; c) Porque son personas millonarias, tal vez inútiles, viejas, morales y éticas pero eso no viene al caso, a las que les sobra la plata; d) Porque son personas (morales, éticas, inútiles, viejas, millonarias o todo eso junto o alguna de esas categorías en especial) que no tienen ganas de atravesar la burocracia virtual que significa en 2017 (en plena caza de brujas de torrents) bajarse una película del Mercado Negro de Internet; e) Porque son esas personas inclasificables que ven películas online; f) Porque son personas excesivamente contemporáneas que quieren que el mundo (es decir, sus contactos en redes sociales) sepan que tienen Netflix.

Si fuera culposo elegiría la opción a). Si fuera un hijo de puta la opción b). Si fuera resentido la opción c). Si fuera comprensivo la opción d). Si fuera elitista la opción e). Si fuera más hijo de puta la opción f). Si fuera un panelista tolerante de la era Macri todas las opciones juntas.     

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De los Coen sólo pasan The Big Lebowski. Cada tanto Burn after reading. Cada un lustro Oh Brother, where art thou?. De Millers Crossing no hay noticias, es como si no hubiese existido. Mucho menos The Man who wasn't there (si pasaran ésta el cable sería lo mejor del mundo, a nadie se le ocurriría contratar Netflix).   

Barton Fink (1991) es una novela de iniciación, típica de entreguerra y posguerra, convertida en película. Podría ser Preguntale al polvo, de John Fante. O Malcom, de James Purdy. El núcleo del conflicto reside en Barton Fink (John Turturro), un dramaturgo de Nueva York de la década del 40, que alcanza cierto éxito con obras de teatro comprometidas, referidas a la cotidianeidad urbana de las clases bajas, y es contratado por Capitol Pictures como guionista de Hollywood. Barton, que se toma demasiado en serio a sí mismo, acepta la propuesta a regañadientes porque presiente que en la meca del Cine sus anhelos estéticos no tendrán lugar. Al llegar a Los Angeles le dan hospedaje en un hotel enorme y destartalado, cuyo conserje es Chet, interpretado por Steve Buscemi (otro actor fetiche de los Coen). Ver a Turturro y a Buscemi, jóvenes, compartiendo escenas entrañables, es como ver a Riquelme y a Aimar en Qatar 97. Incluso en el sentido de que no comparten tantas escenas/jugadas como suponemos recordar a la distancia (de otra manera YouTube estaría lleno de videos de Riquelme y Aimar o de Turturro y Buscemi o incluso de Riquelme y Turturro). El capo de Capitol Pictures, un magnate judío caricaturesco (probablemente el personaje más gracioso de la película) le propone a Burton hacer una película sobre lucha libre, lo que desemboca en un bloqueo creativo automático. Como en La novela luminosa la imposibilidad de escribir se transforma en la historia propiamente dicha.

Sin embargo, como suele pasar en las películas de los Coen, el que se roba casi toda la atención es John Goodman, en este caso Charlie Meadows, un vendedor de seguros, el prototipo del hombre común al que Barton tanto venera. Charlie se hospeda en la habitación contigua a la de Barton y es el único tipo que le cae bien en toda la ciudad, a pesar de que desde el principio parece ser alguien que esconde un secreto muy grande y horrible. 

También es inolvidable la aparición de W.P. Mayhew, un novelista borracho (con una apariencia muy similar a la de Faulkner), al que Burton admira y luego termina detestando porque le pega a su mujer/secretaria, que es la verdadera autora de sus últimos libros. Lo conoce en el baño, mientras vomita arrodillado sobre un pañuelo de seda. Esa imagen es genial. En Barton Fink los escritores son la aristocracia de la desgracia.          

En la habitación de Barton hay un cuadro con una mujer de espaldas, sentada en la playa, que se protege del sol con la mano y está frente al mar. Esta imagen sugestiva, tan amena como aterradora, sin un sentido unívoco, subyuga a Barton en medio de su bloqueo creativo y aparece varias veces a lo largo de la película, incluso con el murmullo del mar como fondo sonoro. Es lo que le otorga a Barton Fink un plus poético difícil de explicar ya que cada espectador le encuentra su propia interpretación.  

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El drama del escritor obligado a ser desterrado de su habitat para ganarse el mango atraviesa buena parte de la vida de los grandes cracks de la literatura del siglo XX: Scott Fitzgerald, Faulkner. Estas historias son morales ya que suponen la idea de que el dinero mata la esencia del escritor o por lo menos buena parte de su salud mental. Varias cartas de Raymond Chandler, que hizo su fortuna en Hollywood, tratan sobre esto. El 18 de diciembre de 1944, casi en la misma época que Burton deambula por Hollywood sin pegar una, le envía una carta a Charles Morton excusándose por no poder escribir un artículo que le habían encargado sobre guiones y guionistas. Claro que la carta es una excusa para escribir ese artículo. Entre otras cosas que le hubiesen servido a Burton Chandler dice: “No hay enseñanza del arte del guión porque no hay nada que enseñar; si usted no sabe cómo se hacen las películas, no puede saber cómo escribirlas. Ningún extraño lo sabe, y ningún autor se molestará en enseñar, salvo que haya fracasado o esté sin trabajo”. O: “Esta batalla [se refiere a tratar a los autores “con un monto razonable de ética comercial”] sigue en marcha, y los escritores la están ganando, y la están ganando del peor modo: volviéndose productores y directores, es decir volviéndose parte de la maquinaria en lugar de artistas creativos”.

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Lo más interesante de Barton Fink es que, casi sin querer (porque la historia termina convirtiéndose en un thriller lisérgico), aborda todas las pequeñas y estúpidas épicas del escritor en formación: el miedo a venderse a una corporación que no lo representa en absoluto; el miedo a venderse a una estética que no lo representa en absoluto; la relación tensa con la industria; la relación tensa con los colegas de su generación; la relación tensa con los colegas de otras generaciones; la relación tensa o inexistente con la crítica; el vínculo desigual e incómodo con el hombre común (es decir, todos aquellos que no son escritores y no tiene plata y que Barton, en apariencia, supo representar en sus obras neoyorquinas); la habitación de Hotel como espacio idealizado donde sucede la ceremonia secreta del artista; el pánico ante la inminencia del bloqueo creativo; la lucha contra el bloqueo creativo ya desatado; el pánico a no estar a la altura de un nuevo proyecto; la disyuntiva entre seguir una fórmula y seguir el instinto; la necesaria y forzada convivencia (por momentos connivencia) con mediadores que deforman y cauterizan el texto; la oposición vida/literatura; la sensación de irrealidad, no exenta de paranoias y delirios persecutorios, que rodea a todo aquel que escribe (trabajar con materiales abstractos, es decir, inexistentes, es decir, que no se pueden tocar, genera una atmósfera extraña); la posibilidad o realidad de ser un fraude; el penoso vínculo con el dinero; el amor (sublimado en la figura de la mujer, la del cuadro o la de otro tipo) como única salvación de un mundo opresivo y monótono que el propio escritor se ha encargado de construir; el penoso vínculo con el mundo.    


“¿Cómo se convierte alguien en escritor, o es convertido en escritor? No es una vocación, a quién se le ocurre, no es una decisión tampoco, se parece más bien a una manía, un hábito, una adicción, si uno deja de hacerlo se siente peor, pero tener que hacerlo es ridículo, y al final se convierte en un modo de vida (como cualquier otro)”. Si en vez de Barton Fink el protagonista se llamara Emilio Renzi el título de la película perdería algo de solidez fonética pero no sería muy distinta. 

12 comentarios:

Rodrigo Manuel Herrero Rosas dijo...

No tengo Netflix, con lo cual debo ser g) ser pintado con un fino pincel de pelo de camello cuyos padres viven cerca y tienen Netflix y de lejos parecen moscas.

Me obligás a que mire Barton Fink, y hacés que se me piante un lagrimón recordando al Payaso Aimar y a Juan Román "me pongo de pie y me arrodillo mirando al cielo" Riquelme.

No tiene un choto que ver, o un poco sí porque hablaste de escritores: geniales "Los diarios de Emilio Renzi". Leélos o te voy a buscar a Mar del Plata y te cago a trompadas.

¡Abrazo de gol de Aimar y/o Riquelme!

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

No tengo Netflix.

Podría agregar un motivo
Estar desilusionado con una página que tiene series y películas, pero se le caen los enlaces, se olvidad de subtitular o se terminan los videos antes de los finales.

Ni esa película en algún canal local, muy local, que no duró mucho.

Encontré momentos de interés en esa película. Tal vez tenga que verla con mayor dedicación

Cabeza de Platino dijo...

que pelicula falopa que es el gran lebowski
y la del barbero que fuma, ufff ideal para cuando tenés insomnio y no sabés de donde sacar un poco de somnolencia.

La verdadera tragedia del cable es que TCM empezó psr las películasdobladas, ya ni siquiera se puede ver apocalypse now o taxi driver como dios manda

Pablo dijo...

Netflix me produce el mismo rechazo que spotify. Las odio.

Cine Braille dijo...

De los Coen recomiendo una ochentosa, Raising Arizona, con Nicholas Cage, John Goodman, Holly Hunter y Randall Cobb, un ex boxeador que hace el papel de cazarrecompensas.
Supongo que no pusiste Fargo porque la das por sobreentendida. Imposible que no le guste a alguien.
Nombraste a Chandler: el novelista Roger Wade de El largo adiós como un alter ego, que es como Mayhew pero quebrado mal.
BTW el guión de la versión cinematográfica de 1944 de El sueño eterno de Chandler (la de Bogart y Bacall) lo coescribe Faulkner.
Saludos

Emi Mendez dijo...

Justo estas semanas estuve de revisión de la filmografía de los Coen, para ver algunas que no tenía vistas y reveer otras que en su momento no me habían gustado.
En esa volteada cayeron Raising Arizona, Barton Fink, Oh brother where are thou?, Millers crossing, The man who wasn't there y A serious man.
Para contradecir a Braille debo decir que Raising Arizona es regular tirando a mala.
Barton Fink es genial. Con respecto a la imagen de la mujer tomando sol, es la misma que aparece al final, en carne y hueso mientras él vaga por la playa, con una cabeza dentro de una caja (o eso se deduce). Es su recompensa, el santo al que le rezaba cada vez que se sentaba frente a la máquina, y que luego de pasar ese calvario de asesinato en el que el gran John Goodman lo incrimina, llega la paz y la mujer que al final era una realidad (y encima le da bola!). Qué se yo.
Trayendo un tema que no viene a colación, entre otras cosas descubrí la reincidencia en la física y mecánica cuántica por parte de los Coen.
No sé que aspecto de esto les interesa. Pero se repite en las películas The man who wasn't there y A serious man.
En "The man who..." el abogado de la hermosa e inocente Frances Mc Dormand busca un argumento para desincriminarla, le cuesta. Pero vuelve unos días después y explica el principio de la incertidumbre de Heisenberg como algo análogo a la estrategia de defensa que utilizarán.
En "A serious man", el protagonista, un profesor judío al que no le sale una bien, explica en su clase el experimento del gato de Schrödinger, un problema propio de la física cuántica.
La incertidumbre y el no saber de una cosa al querer saber de otra cosa sería el tema acá. Principios que se ven aplicados a los derroteros de sus personajes, en complejas carambolas.
Otra cosa que noté es ese final épico, abierto que traslada los problemas que siempre son por acciones súper humanas de sus personajes al terreno de lo natural y sobrenatural.
Me refiero con esto al desborde del río en Oh brother where are thou?, el súper tornado en A serious man, la ¿abducción? ovni en The man who wasn't there y en menor medida podría ser la aparición de la mujer del cuadro en Barton Fink. Siempre es al final y es un hecho "emancipador" o esa cosa de la lluvia borra la maldad, como diría LAS.
Me fui al carajo, pero me vino al pelo tu post como excusa.

Saludos Corvino.

Viste the young pope ? Muy interesante

Emi Mendez dijo...

Bueno, acá unos tipos más capos que yo tambien lo analizan mejor.

https://buddwilkins.wordpress.com/2013/04/12/mere-surmise-sir-uncertainty-in-the-coen-brothers-the-man-who-wasnt-there-2001-and-a-serious-man-2009/

Corvino dijo...

En Facebook me aclararon que Netflix es mucho más barato que el cable, yo daba por sobreentendido que era una ostentación pequeñoburguesa de consumos culturales ("yo vi homeland"), nada que ver con escribir posts sobre viejas películas de los hermanos coen y rematarlo con una alusión a los diarios de piglia (?).

Todo lo que no escribí en el post es porque me lo olvidé, fue hecho así a la bartola.

Coincido con que la tragedia del cable es que las películas ahora están dobladas.

El año pasado hice mi revisión de los Coen (en realidad me faltaban ver casi todas) y todavía me faltan algunas (Un hombre serio, por ejemplo). Todos debemos hacer una revisión de los Coen por lo menos una vez en la vida.

La película que más me gusta de los Coen (fuera de Fargo que es como esas canciones que ya no son de su autor sino del público) es El hombre que nunca estuvo. Todo en esa peli me parece perfecto, es el tono adecuado para contar una historia, toda esa mezcla de melancolía, absurdo y ¡ovnis! Es lo más.

Gracias por comentar, amigos. saludos!

Pedro dijo...

Las películas dobladas son un bajón pero por suerte ahora están empezando a pasarlas derechas

Quería decir algo

Anónimo dijo...

Viendo Hail Caesar! me sorprendió el cariño que muestran por el Hollywood clásico, cuando en BF había desprecio.

Ambas me parecen muy buenas.

cavernícola dijo...

Hail Cesar fue un síntoma penoso de senilidad. No es país para viejos (o para débiles, bah, siempre me olvido de cuál es el título original), no está nada mal.

Corvinho dijo...

Hail Cesar no la pude terminar de ver, no sé si es síntoma de senilidad pero me aburrió.

Saludos, gracias por comentar.