jueves, 11 de agosto de 2016

El rock nació mal


En cierto punto, es paradojal que el éxito de la Bersuit (especialmente a fines de los 90 y principios de los 2000) se vincule al éxito de uno de sus grandes enemigos simbólicos, Carlos Menem. De la misma forma que en retrospectiva nadie parece haber votado al riojano, en la actualidad (incluso antes de las declaraciones de Cordera), nadie parece haber escuchado a la Bersuit. 

Desde su origen La Bersuit fue un grupo cuyo imaginario giró en torno a la mística rockera asociada al folclore del reviente, donde la opresión de un sistema desigual parecía ser la justificación para transgredir las normas de una sociedad hipócrita. Y punto (1992), el primer disco de la banda, probablemente sea la cumbre de su discografía y hoy puede ser escuchado como un testimonio de un clima político-cultural decadente del que la banda era, al mismo tiempo, denunciante y paradigma. "Diez mil", "Como nada puedo hacer (puteo)" y el cover (diez años después devenido hit) "El tiempo no para" son canciones que, más allá del valor subjetivo que cada uno le pueda otorgar, tienen la virtud de recrear el clima de época. 

Cordera siempre coqueteó con la idea del artista sociópata que pone en escena la basura que barremos bajo la alfombra de las buenas costumbres y el protocolo moral. El límite entre la provocación, la estupidez y el delito es un arma de doble filo que existe desde el comienzo del rock (por limitarnos a este modo de expresión). Cordera nunca dejó de utilizar ese recurso, hasta falsearlo. Aunque la estetización trash de la vulgaridad estaba en el adn de la banda, el boom comercial de discos como Libertinaje (1998) e Hijos del culo (2000) intensificaron la faceta más pobre de su repertorio. Un disco pretencioso y fallido como La argentinidad al palo (2004), significó tanto el momento de mayor auge de la banda como la pérdida total de sus mejores virtudes (hacer, cada tanto, buenas canciones como "Vuelos" o "Desconexión sideral").

Mientras tanto un rito iniciático de sus fans era mostrar las tetas cuando la banda tocaba "Hociquito de ratón" o bajarse los pantalones en el caso de "La petisita culona". Estas costumbres eran famosas y hasta celebradas por buena parte del ambiente del rock. Por lo menos no se las solía condenar (aunque a causa de ello, en un gesto de ribetes hoy premonitorios, la Bersuit era probablemente el grupo que solía generar más rechazo en las mujeres). 

"O vas a misa o vas a mi salamín" es un título bastante elocuente que ejemplifica, acaso de manera demasiado literal, el derrumbe artístico de una banda que poco después de un River tardío se partió en dos partes: por un lado Gustavo Cordera, que siguió su carrera solista, y por otro sus ex compañeros que, enemistados con el líder carismático, siguieron sacando discos bajo el nombre histórico de la banda.

Entre el raye místico y ciertas escenas típicas de su personalidad (su desnudo total en un show causó una mini polémica) la carrera solista de Cordera avanzó, en un principio, sin pena ni gloria, hasta llegar a renovar el stock de su público con hits como "La bomba loca" o "Soy mi soberano".

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Elaboro este breve repaso por la carrera de Cordera porque con el diario del lunes parecería que tipos como él, Cristian Aldana o Ciro Pertusi nacieron de un repollo y hasta que fueron denunciados por violación o señalados por la bestialidad de sus declaraciones nadie nunca los había escuchado. La verdad es mucho más dolorosa e incómoda para quienes crecimos escuchando rock: bandas como El otro yo, Ataque 77 o la Bersuit forman parte del soundtrack de los últimos 25 años del rock del país. La concientización sobre la atrocidad que representan ciertas conductas de dominio y abuso que, hasta hace muy poco, estaban naturalizadas en el marco de la cultura (¡y la supuesta contracultura!) deja al descubierto y pone en entredicho cierto lado siniestro del vínculo artista de rock/público que, por acción u omisión, hasta ahora nos habíamos encargado de mantener bajo un tupido velo.

¿Alguien cree que Plant y Page les pedían el documento a las chicas que entraban al camarín antes y después de los shows de Zeppelin? E incluso hilando más fino y abordando el contenido artístico: ¿letras de nuestros más grandes ídolos como "Run for your life" o "Rock and roll Yo" de qué están hablando? ¿Uno de los más brillantes compositores del rock de acá no tiene un tema llamado "Juego de seducción" que dice "O puedo ser tu violador/ La imaginación esta noche todo lo puede"? ¿No fue el mismo Luis Alberto Spinetta quien se horrorizó porque la letra de "Muchacha", entre líneas, contenía la prédica del macho depredador? Esto no se arregla sacando a Cordera de la Rock And Pop sino repensando, en forma individual y honesta, qué hicimos como público para construir un marco de impunidad tan grande como para que esos mismos tipos de los que alguna vez nos compramos discos hoy sean exponentes mediáticos de las peores conductas humanas. 


La dimensión que tomó el fusilamiento mediático de Cordera parece querer borrar inconscientemente el espacio para la autocrítica personal: el rock, alguna vez entendido como símbolo de libertad y desprejuicio, con las excepciones del caso, replica exactamente las jerarquías retrógradas de la cultura machista. Como Macri o Cristina, los artistas también son emergentes de la perversión y la estupidez de la sociedad. Ya lo dijo Moris: no es rock nacional, el rock nació mal.     

domingo, 7 de agosto de 2016

Olarticocheada


Olarticochea representa en sí mismo una idea central que gira en torno a los jugadores que lograron la épica del Mundial 86: la hazaña de ciertos hombres técnicamente limitados que, a fuerza de voluntad y sentimiento, se convirtieron en el respaldo perfecto para el funcionamiento de un genio.

De esa premisa (acaso falsa) tal vez proviene la idea de rodear a Messi con jugadores de Chacarita y Deportivo Riestra que a veces alientan hinchas y periodistas enemistados con la incapacidad del equipo para triunfar en las finales.

(El tinte bélico que rodea la consagración del 86 explica el dramatismo con que se vive el fútbol. La tesis intelectual ejerce un correlato entre soldados y jugadores, con sus implicancias obvias: el malentendido social. Corolario: Maradona habla como un ex combatiente. No puede ser casual que cuando en 1994 el asesinato del soldado Carrasco obligó al gobierno a desactivar la obligatoriedad del Servicio Militar, Passarella hizo de la Selección la continuación de la colimba por otros medios).  

La logística de esta Selección fue a la bartola desde un primer momento: un técnico que renuncia un mes antes de que comience el Torneo, uno que asume y no lo puede creer, una asociación de fútbol en pleno apocalipsis, clubes que niegan a los jugadores, problemas para armar la lista y para entrenar con más de nueve tipos. Esa desprolijidad permite un hecho paradójico: por un lado nadie espera nada de esta Selección (por ejemplo el relato del agudo binomio Closs/Latorre en el partido contra Argelia se regodeó de una manera un tanto morbosa en la aparente excelencia del equipo africano y las olarticoheadas del equipo argentino); por otro, todo lo que haga bien entra en el terreno de la épica, género al que Olarticochea le debe su huella en la historia del fútbol.


Es probable que gracias a su inesperada y bizarra designación como DT de la Selección Sub 23 las nuevas generaciones le hayan puesto cara a un nombre histórico del que no se tenían mayores noticias. Maradona con traje y corbata daba la impresión de ser un jugador de fútbol disfrazado. El prejuicio indica que Olarticochea parece el gasista simpático que te da charla mientras te arregla el piloto del calefactor. En esa distancia entre lo que aparenta y lo que debería ser nace el personaje, tan propenso a las burlas como al cariño. Más allá de una Selección extraña que deberá (o no) entablar un lazo afectivo en pleno Torneo, uno quiere que le vaya bien a Olarticochea. Cortázar diría que es el hombre del territorio, ¡el incurable error de la especie descaminada!

viernes, 29 de julio de 2016

Revisionismo histórico. River Campeón Apertura 1997


Aunque no están en el imaginario del River de Ramón Díaz y son más bien considerados emblemas de los primeros 90', Juanjo Borrelli y Medina Bello jugaron ese campeonato. Borreli hizo un gol de tiro libre. Medina Bello, después de su paso por el fútbol japonés, en el ocaso de su carrera, cada vez que entraba hacía un gol. 

A mediados de los 90 Family Game tenía un juego de fútbol llamado Goal 2, que replicaba la liga japonesa. Yo jugaba con el Yokohama Marinos porque estaban el Mencho y el Chapa Zapata (the original). 

Fue el último torneo de Francescoli, que, acosado por los desgarros, vuelve en las últimas fechas sin recuperar del todo su nivel pero hace un golazo de cabeza contra Colón de Santa Fe (la imagen en cámara lenta de su salto tiene reminiscencias artísticas y es de una elegancia inalcanzable). También fue el último Torneo de Maradona, que sale en el entretiempo del superclásico por un tal Riquelme, al que ese mismo año Passarella hace debutar en la Selección Argentina en el último partido de las Eliminatorias del Mundial 98 (partido contra Colombia jugado en la Bombonera, algo que puede ser interpretado de dos maneras: como un acercamiento de la llamada Riverción al mundo Boca y como un precursor del coqueteo de Passarella con el Boca de Macri). 

Los arañazos de Gallardo en la semi de Libertadores del 2004 socavaron la real importancia de su grandeza como jugador. En este Campeonato la rompió, fue por lejos el mejor de todos (junto a Salas). Y Chilavert lo quiso ahorcar. 

Entre otros jugaban Burgos, Celso Ayala, Sorín, Berizzo, Hernán Díaz, Astrada, Monserrat, Salas, Gallardo, Francescoli. Entraban en el ST Placente, Gancedo, Escudero, Solari, Cardetti y Rambert (que venía de Boca y nunca volvió a ser el de Independiente 94).    

Boca, que con el Bambino Veira ya estaba formando la base del equipo de Bianchi, peleó todo el campeonato y aunque ganó el superclásico (con la histórica obstrucción de Bermúdez a Burgos, que permitió el cabezazo de Palermo) quedó un punto abajo.  

El Apertura 97 fue el tercer campeonato seguido que ganó River (después del Apertura 96 y el Clausura 97). Al mismo tiempo obtuvo la Supercopa, ganándole la final al San Pablo, que no era el de Telê Santana pero tenía a un jugador llamado Dodo que la descocía.   

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A principios de los 90 hubo un trueque inédito entre Boca y River: Batistura, surgido en Newell's pero haciendo banco en River, pasó a Boca; Berti, comprado por Boca pero enemistado con sus compañeros, pasó a River. Las de Berti y Batistuta, en su origen, son historias paralelas. Incluso hay cierto  physique du rol, probablemente por cuestiones generacionales, que los hermana. Por su relevancia a nivel internacional, pareciera que Boca hizo mejor negocio, pero el aporte de la Bruja Berti a la historia de River es incalculable y en sí mismo significa un hito: ganó 7 títulos con el Club, siendo fundamental en la mayoría de ellos. Probablemente el mejor volante por izquierda de la historia contemporánea del fútbol argentino. Es más: me animo a decir que River nunca lo pudo reemplazar. Los hinchas de River seguimos soñando con un jugador como Berti. La cantidad de goles que hacía por torneo (6 en este caso) es la que hoy hace un delantero promedio (si está en un buen momento). Su bajo perfil no iba en desmedro de su fuerte personalidad, que alguna vez lo llevó a pelearse con Ramón Díaz.

En el Clausura 97 River perdía 3 a 0 con Boca. Era un baile apabullante y encima en el Monumental. Antes de que termine el primer tiempo Berti marca el descuento y no grita el gol, toma la pelota y la lleva a la mitad de la cancha con gesto adusto. Eso es Berti. River terminó empatando con un gol histórico de Celso Ayala. 

Labruna, Francescoli, Alonso, Ortega son ídolos oficiales. Berti es más bien un ídolo de culto. Lo recuerdo parco, distante, casi sobrador por su tranco de zurdo lírico. no exento de cierta y necesaria malicia. Nunca me lo pude explicar del todo pero era evidente que había algo glorioso en su manera de defender los colores de River.   

martes, 26 de julio de 2016

Tres textos


A veces Borges puede ser una Caja Registradora de la Literatura. Esa es la sensación que da su descripción del estilo de Cortázar en los prólogos de Biblioteca Personal, esos pequeños artefactos pop que están entre lo más cercano y liviano de su obra. Hay algo maligno en la sencillez con que Borges despacha a Cortázar pero sin embargo predomina el gesto de escribir sobre un contemporáneo al que le lleva 15 años (y además lo que dice deslumbra). Por seguir con las analogías del rock: es como Spinetta haciendo “Filosofía barata y zapatos de goma” (mientras lee la letra).

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En Mar del Plata hay una leyenda urbana bastante parecida a la de #whoisbeck, pero en vez de Beck el protagonista es Nito Mestre. En 2013 inauguraron una estatua de Charly y Nito en la vereda del teatro en donde Sui Generis tuvo su debut marplatense, cuarenta años atrás. Las estatuas recrean una fotografía icónica de Sui en la que los dos están caminando y Charly (todavía sin bigote) se levanta la remera y muestra la panza. En fin. Al otro día de la inauguración Nito fue a sacarse una foto con su propia estatua y un tipo, de mala manera, le pidió que se corriera porque quería sacarse una foto con su familia y la estatua de Sui Generis. No sabía a quién estaba corriendo: #whoisnito.

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Esta semana hubo una explosión en las redes sociales. Uno de cada cinco usuarios habla de Stranger Things, y habla bien. Ahora me doy cuenta de que Facebook y Twitter sirven para eso. Estos tipos ya no necesitan un departamento de marketing: nosotros les hacemos el trabajo gratis, y encima nos creemos copados. Damos de comer a personas reunidas en un rascacielos con cuentas multimillonarias. Y ellos no sólo no nos dan de comer, nos dan una serie que ya vimos pero con otros actores. Son genios.

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sábado, 16 de julio de 2016

La mejor manera de ver una película de Lynch


Ayer me di cuenta de algo: la mejor manera de ver una película de Lynch es agarrarla empezada en la tele. Eso suspende la innecesaria pretensión de querer entenderla.  

La película que estaban pasando era Mulholland Drive. En su momento, fans ortodoxos de Lynch crearon una página para intercambiar diferentes hipótesis sobre lo que pasaba en esa película. Hablamos de la prehistoria de Internet. Yo creo que preguntarse por el sentido de las películas de Lynch es no entenderlas. Es como preguntarse de qué juega Tevez o si Vangioni es defensor o volante. No vale la pena. Las mejores películas de Lynch son pesadillas dirigidas. El tipo nació con ese don: puede materializar audiovisualmente las pesadillas.

Hay una gran reticencia hacia la idea de que una obra (ya sea una canción, una pintura, una película o un libro) no tenga sentido. Por eso está lleno de gente que pregunta qué quiso decir el Indio Solari o Spinetta en tal o cual canción. No entender es uno de los mejores efectos estéticos. Entender a veces deserotiza. Si no fíjense los finales de algunas novelas de Bioy Casares en las que te explica que la perra en realidad era una mujer que tenía un chip en la cabeza y a la que secuestró un doctor malvado que... Todo es mucho mejor si lo intuimos. Barthes decía que cada enunciado asertivo debería llevar una cláusula de incertidumbre.

De la película de Lynch me volvió a impactar la misma escena de cuando la vi por primera vez. Dos tipos están tomando algo en un barcito yanqui y uno de ellos, muy nervioso, le dice al otro que lo llamó porque había soñado con esa misma situación y que detrás del bar había un tipo horrible que lo aterrorizaba. Van a fijarse y aparece el tipo horrible y los aterroriza. Es un auténtico lynchera.

Esta escena (básica, sin efectos especiales) tiene una dinámica similar a otras en las que, con pequeñas variaciones, Lynch logra recrear la misma y espantosa sensación de terror. (De Lynch se podría decir lo que Borges de Faulkner: no sabemos qué mierda pasa pero sabemos que lo que pasa es terrible).  

En Carretera Perdida el protagonista está tirado en la cama y advierte que la cara de un hombre misterioso y repugnante ocupa el lugar de la cara de su mujer. Es un flash de terror conyugal, una fantasía negativa que todos hemos experimentado alguna vez y que Lynch la lleva al cine casi en forma grotesca (pero con inigualable eficacia): la idea de que en realidad no sabemos a quién tenemos durmiendo al lado.

En Twin Peaks la madre de la finada Laura Palmer se abraza a Donna, su mejor amiga, y de repente aparece un hombre con el pelo largo y la cara afilada agazapado detrás de un sillón. El tipo, que en realidad es una entidad maléfica de la concha de su madre, se llama Bob pero en ese momento lo único que sabemos es que nos da miedo.   

Muchos se alegraron porque el año que viene se estrena una especie de secuela de Twin Peaks. No sé si hace falta. A principios de los 90 pasaron Twin Peaks en Canal 9. Yo tenía siete u ocho años. Recuerdo una sensación que en ese momento me era inexplicable: aunque no había chicas en tetas ni decían malas palabras ver esa serie, por lo menos una escena, formaba parte del mundo de lo prohibido.   

martes, 28 de junio de 2016

La máquina de pedirle a Messi


Creo que fue a principios de año que el micro que llevaba por las rutas venezolanas al plantel de Huracán chocó y varios jugadores del Globo sufrieron heridas graves. El más perjudicado de todos fue Patricio Toranzo, un mediocampista exquisito cuya tradición estética remite a Fernando Redondo, quien perdió una parte de los dedos de su pie derecho. El accidente conmovió a la opinión pública del fútbol (siempre alerta para convertir tragedias en espectáculos masivos) y se destacó la carta de un niño, hincha de Huracán, que le ofrecía a Toranzo los dedos de sus pies ya que él los iba a utilizar mejor.

En el momento me llamó la atención que nadie reparara en que la ofrenda del niño, más que una demostración de amor, era la manifestación de una patología. Por más que el enunciado haya sido interpretado en términos simbólicos, lo que el niño manifestaba era real y por lo menos sugestivo: la amputación personal en nombre de un ídolo. 

El niño y Toranzo no importan tanto como la metáfora brutal sobre la dinámica del vínculo hinchas/jugadores que se desprende de la anécdota.   

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Como sucedió con el accidente de Toranzo la renuncia de Messi hizo que los medios vuelvan a utilizar el escudo de los niños para simbolizar el “sentimiento” de un país. Ayer Marcelo Tinelli difundió el video de un niño al borde de la descompensación, que entre llantos y convulsiones, le pedía a Messi que no renunciara. Lo más turbio de todo es que mientras el niño balbucea se oye la voz de la madre instigándolo a que siga hablando, a que manifieste su patología en público. La maternidad/paternidad, incluso cuando es buscada, de por sí, es autoritaria: alguien decide la existencia de una persona sin saber si a esa persona le agradará existir. Claro que el error original puede remedarse con amor. En una canción llamada “Esto va para atrás” Moris se refiere a ese dilema y llega a la conclusión de que nuestras madres tampoco pidieron nacer. Ahora bien, el video del niño que le pide a Messi que no renuncie demuestra que la maternidad/paternidad, cuando es irresponsable, es casi fascista.

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La sobreactuada delicadeza, el excesivo dramatismo con que se le pide a Messi que no renuncie esconden la intención despótica de pasar por arriba de los deseos del otro. Básicamente se le está pidiendo a Messi que no haga lo que quiere hacer de una manera amable. Más o menos al estilo de los mafiosos en las películas antes de matar a la víctima.

El extremo de ubicarlo en la situación de un mártir porque los aviones de la Selección no salen a tiempo también es ridículo si tenemos en cuenta que cada tanto chocan los trenes de la clase trabajadora.  

La idea de "un país" que insulta y denigra a un jugador por el simple hecho de errar un penal o no ganar una Copa es deleznable. Pero que ahora el mismo país, a través del chantaje emocional de periodistas compungidos, padres enajenados y maestras equivocadas, quiera convencer a ese mismo jugador de que no renuncie a la Selección es propio de un psicópata. Ojalá que Messi haga lo que se le cante.


lunes, 27 de junio de 2016

Vindicación de la Selección Argentina



Argentina perdió el partido psicológico cuando se quedó con uno más y, en vez de  sacar ventaja, mordió el anzuelo de la hábil psicopateada chilena. Corolario: quedó con un jugador menos (fue Rojo, mal expulsado, pero podría haber sido otro). 

Los relatores (tanto en la TV Pública como en T y C Sports) exacerbaron la incidencia del mal desempeño del árbitro pero la verdad es que cobró mal para los dos lados (hubo una exquisita patada criminal de Funes Mori que podría haber sido roja). 

Esta Copa América Centenario, desde el principio, fue un fake, pero desde los medios argentinos se le dio una trascendencia ridícula que fue una carga liviana mientras los rivales fueron débiles (Panamá, Bolivia, Venezuela, EE.UU) y se convirtió en una mochila pesada en la final contra Chile, a quien la Selección le había ganado en la primera fase (en un triunfo merecido pero que también pudo ser empate). 

El fallido de la Selección fue no imponerse justo cuando empezaba la Copa real. El resto (errar goles, no convertir penales) son, simplemente, las características de un deporte llamado fútbol cuyos malos resultados generan conductas en los hinchas que casi lo invalidan como deporte. Por ejemplo: esta semana se filtró el sueldo de Francescoli en River (una operación política tan evidente como sucia). La cifra es elevada e indudablemente puede provocar críticas, ahora bien, el resultado fue una andanada de hinchas de River insultando a Francescoli en redes sociales. Yo sólo quiero decir algo: si usted es hincha de River e insulta a Francescoli sufrió una terrible equivocación: usted no es hincha de River. Casi lo mismo se podría decir de quienes insultan a Messi.  

Chile es un rival históricamente intenso que ahora cuenta con el plus de una generación dorada. Para Argentina perder con Chile ya supone un acontecimiento ominoso, propio de una pesadilla compulsiva, un estigma que la opinión pública del fútbol, con su crueldad irracional (se habla de "fracaso", de "culpables", de "renuncia") hace muy difícil de borrar.      

Sólo hace falta ver el discurso mayoritario de quienes critican a Maradona (racista, discriminatorio, tilingo) para estar de su lado aunque diga y haga barbaridades (casi todas pertenecen a su vida privada). Lo mismo pasa con Messi, a quien le hemos cargado una cruz simbólica que, en caso de existir, explica lo peor de la idiosincrasia argentina.

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El año pasado conocí a un jugador de fútbol de Primera así que aproveché para hacerle preguntas cholulas sobre las intimidades de un plantel y la experiencia de ser jugador profesional. Me contó dos cosas que me parecen puntuales para dejar de ser una mala persona. 

Por un lado, que con los años el fútbol para él se había convertido en un trabajo más y que a veces no lo disfrutaba ni un poco. Por otro, que un día tuvo que ir a jugar un partido a alguna provincia lejana y erró un gol abajo del arco porque estaba pensando en que al mismo tiempo su mujer estaba dando a luz a uno de sus hijos. 

Yo miro fútbol desde que tengo cinco años pero recién ese día entendí en su real dimensión que los jugadores de fútbol son seres humanos. Larga vida entonces a Messi, a Mascherano, a Higuaín, a Banega y a Romero. Larga vida a quienes sin ningún tipo de preparación son obligados a llevar todo junto y en un solo puño la psiquís y el latido de su pueblo.  

viernes, 17 de junio de 2016

Análisis coyuntural del relato


El imaginario anti-kirchnerista está plagado de escenas conspiranoicas. La muerte de Kirchner generó, por lo menos, tres:
-Cristina mató a Néstor;
-Néstor no estaba en el cajón;
-el velorio de Néstor lo organizó Fuerza Bruta. 

El kirchnerismo no fue menos imaginativo en este punto: la idea de que todo lo malo que sucedía en el país, del 2008 a esta parte, correspondía a un plan estratégico de Magnetto para desgastar al gobierno fue un lugar común del campo nac and pop que con el tiempo se convirtió en un chiste malísimo. Cuando Hebe de Bonafini dice que López en realidad es un infiltrado del periodismo/servicios de inteligencia está agregando un episodio a esa serie.

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Ante los diferentes shocks mediáticos de corrupción el kirchnerismo eligió diferentes respuestas.

En primer lugar se instaló la idea de "operata" (que lo explica todo). Esta idea supone que cualquier caso de corrupción (desde Boudou hasta Lázaro Báez) es consecuencia de una jugada sucia activada desde los medios de comunicación hegemónicos que, aliados con el establishment económico, se dedican a desprestigiar a los líderes populares a través de intrincadas puestas en escenas que los desfavorecen.    

Después, con el PRO ya más expuesto (gobierna Nación/Provincia/Capital), se utilizó la dinámica del "ojo por ojo": Panamá Papers, Caputo o Niembro demostrarían que tanto de un lado como del otro existen "chorros". Esta idea, además de su indudable mal gusto (del tipo: "vos lavaste los platos pero yo saqué la basura"), es muy complicada, ya que, como es obvio, la corrupción de un lado no desactiva la del otro (y esto no sólo se relaciona con el antagonismo kirchnerismo/macrismo sino con el sector público y el privado). En todo caso lo que subyace en esta postura es que la corrupción es universal, propia del ser humano y no de un partido, lo que por otro lado es verdad aunque se complica cuando los de un lado sólo ven la corrupción del otro y viceversa.  

También se esbozó, en una línea más extrema y rápidamente acallada, que la corrupción era necesaria, casi en forma estructural, para que los políticos electos no siempre fueran multimillonarios que responden a los intereses de su clase. La verdad es que la realpolitik sirve para hacerte el canchero en un café o en el comentario del post de un estúpido bloguero sin formación política pero en términos fácticos te puede dejar en una posición incómoda.

El grotesco de la situación de López, con su estética trash del derroche, propia de Scorsese (potlatch para todos y todas), supone una ola de indignación interna. Se trata de un perfil reconocible, un estereotipo del devenir político histórico: el militante desencantado. Esta figura responde a una construcción casi dramática: el que antes militaba la calle e intentaba convencer a los tibios o distraídos, luego del desencanto ("la torta siempre se la llevan los mismos"), des-milita, es decir, intenta convencer a los nuevos convencidos de que no vale la pena involucrarse ya que en realidad "son todos lo mismo".

En ese sentido estamos asistiendo a un nuevo triunfo de la derecha histórica del país que ante el fin de cada proyecto político que se le opone enarbola, de manera hábil y paternalista, la figura del militante ingenuo (por joven, por ignorante, ¡por boludo!), engañado por sus propios líderes. La idea sería atendible si no fuera porque, además de denunciar la traición (la necesaria traición), lo que en verdad viene a decir es que ningún proyecto que se aleje de las normas económicas, culturales y sociales de los grupos concentrados de poder puede tener éxito (algo que tal vez sea cierto pero no por eso menos trágico).                

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El caso de José López produjo una pérdida automática de autoridad moral. Mientras tanto los kirchneristas mediáticos se muestran tan espantados que es imposible no intuir una penosa sobreactuación, la misma que se podía intuir cuando defendían el modelo (en todo caso el fantasma de la sobreactuación sobrevuela todo hecho de indignación colectiva). Como lo fueron en su momento la muerte de Mariano Ferreyra y el choque de Once el lópezgate es un dardo letal que desinfla el globo de la compensación, en la que los errores y horrores del kirchnerismo de algún modo se justificaban con los logros pasados o los errores y horrores ajenos (no hay pero y de haberlo perdió sentido).

En la guerra cultural esta es una batalla que pierden los militantes kirchneristas y, por cercanía, quienes defendimos algunos de los hits asociadas a esa corriente (AUH, Procrear, ¿Filmoteca?). No importa que este bozal simbólico sea odioso o injusto o hiperbólico o las tres cosas juntas, lo significativo es que es real en el plano del discurso (donde, por suerte, se dirimen estas batallas que hace poco menos de cuarenta años se resolvían a los tiros). La dinámica perversa del silenciamiento actual es la respuesta en espejo a un sector de kirchneristas ortodoxos que durante estos seis meses aprovecharon el gatillo fácil de las redes sociales para responsabilizar a los "globoludos" por las medidas impopulares del gobierno de Macri. Detrás de estas reacciones emerge la peligrosa idea de que votar mal (es decir: votar a quien yo no voté) es un delito moral.

Se trata de una lógica estigmatizante, propia de la crueldad irracional de los niños (incapaces de ponerse en el lugar del otro), de la que todos somos rehenes. No cuesta mucho rastrear su origen en el fanatismo imperante (apañado por la improductiva neutralidad de quienes no lo somos): tanto de los K, apólogos híper conscientes de una bajada de línea de tintes religiosos; como de los anti K, apólogos inconscientes de la anti-política de los gerentes que hoy gobiernan para sí mismos. 

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Hace bastante que el kirchernismo es un poema de Leónidas Lamborghini que deriva en un cuento de Osvaldo. Que del otro lado haya una novela de Aguinis es otro tema (es casi responder a Báez con Calcaterra) pero indica algo sugestivo: no hay salida. El nihilismo será inconducente pero a veces es inevitable.        

domingo, 12 de junio de 2016

Los rusos hijos de puta


1) Ambientada en el primer lustro de la década del 80 los protagonistas de The Americans son Philip y Elizabeth, espías de la KGB, adoctrinados para hacerse pasar por ciudadanos estadounidenses y destruir el American Way of life desde adentro de la Matrix. Sus hijos, Paige y Henry, yanquis ortodoxos en la edad del pavo, simbolizan el enemigo interno: ella es una católica idealista, él un paparulo adicto a los videojuegos. La ambivalencia monstruosa del vínculo, que a veces se resuelve de manera dramática y a veces de manera cómica, es la clave para entender la adicción que genera la serie. 

2) La mayoría de las películas de terror suceden en torno a familias que viven en casas poseídas y, subrepticiamente, más que para asustarnos de los fantasmas, sirven para espantarnos del concubinato y el matrimonio. No es de extrañar entonces que la familia atormentada se mude a otra casa y los hechos sobrenaturales prosigan: los malditos son ellos y, por añadidura, el sistema cultural que rige occidente. En The Americans la guerra fría es una boludez al lado de lo verdaderamente importante: la guerra de guerrillas que entraña en sí mismo el concepto de familia. Con sus correspondientes superclásicos: padres vs. hijos, hija vs. hijo, padre vs. madre, padres vs. vecinos. Acá, como en una materialización grotesca del loco Althusser, todos se revelan aparatos ideológicos del Estado. Especialmente aparatos.  

3) La banda sonora de la serie curte el synth pop de diferentes ramas que gobernó la estética musical de la época. En ese sentido The Americans es crítica rock ya que en forma implícita señala una conexión política (o al menos poética) entre el predominio de la tecnología en el pop, con sus gélidas drum machines, y la competencia armamentista de los 80, telón de fondo (estereotipado) de la guerra fría que enfrentó a Estados Unidos con la Unión Soviética. Afortunadamente The Americans no abusa de la retromonía. En cambio, cuando menos lo esperamos y muy cada tanto, elige ubicar algún que otro tema, a veces hits gastados ("In the air tonight", "Under pressure") que en medio de la trama hermética al tiempo que se resignfican le dan un poco de aire al psicologismo opresivo de la ficción. 

4) Desde el principio The Americans fue una serie exitosa que tuvo a favor al público y a la crítica pero jamás representó un boom. Es decir, más allá de su regularidad (acaba de terminar la cuarta temporada) y de su prestigio, nunca fue Breaking Bad, ese tipo de series que si cometés el pecado de no ver (porque no te interesan, porque no te gustan) te hacen quedar afuera de La Conversación. Durante un tiempo me molestó que The Americans no fuese reconocida pero ahora me pasa con la serie lo mismo que con algunas bandas o escritores de culto a los que atesoramos de tal forma que, a mitad de camino entre la estupidez y el amor (bueno, como siempre), creemos que su masificación incidirá de manera negativa en el contenido de la obra. Así que por favor no vean The Americans, sigan con House of Cards y ese tipo de cosas inteligentes.  

5) Algún día alguien explicará cómo fue que Keri Russel pasó de ser la flaquita de rulos de Felicity a esta mujer que propaga una especie de erotismo inteligente, si es que esto existe, y a la que, misteriosamente, todas las pelucas le quedan bien. Mientras tanto podemos seguir mirándola para desentrañar el enigma. Los Fabulosos Cadillacs se burlaban del auge tecnológico de los 90 aclarando en el sobre interno de sus discos "no se usaron samplers". En la entrada de Wikipedia de Keri Russel deberían añadir "no se usaron cirugías estéticas".        


6) Al lado de los yanquis truchos vive Stan, agente del FBI que se destaca por ser un talento en su profesión (es el personaje de la serie condenado a descubrirlos) y un bodrio en la vida cotidiana (su mujer lo abandona y su hijo no le da bola). Por supuesto Stan desconoce la verdadera identidad de sus vecinos y entabla una amistad patológica con Philip. Hay algo morboso y al mismo tiempo conmovedor en esos dos adversarios irreconciliables que, mientras cae la noche y se toman una cerveza fría, se cuentan sus intimidades. Te encargo esa grieta.               

martes, 7 de junio de 2016

La Selección Argentina es una cosa que sin duda sucede en el pasado


Estuve viendo el partido de Argentina y Chile de reojo porque esta Copa América no me importa nada. Un poco porque me parece trucha: ya hubo una en el 2015, el año en que correspondía, y ahora esta Copa Centenario da la sensación de ser un invento total. El fútbol es ficción y a esta Copa le falla el verosímil. A mí me gusta el fútbol pero creo que en la vida hay que dosificar. Ya sea con un amor o un sándwich de miga. Una Copa América cada cuatro años está bien. Una atrás de otra pierde sentido. 

Por otro lado estuve viendo 1986. La historia detrás de la Copa y eso me llevó a transitar muchos videos de YouTube sobre aquella y otras Selecciones que sí llegué a ver en mi infancia. La Selección actual con respecto a esas selecciones para mí es como un folleto de los Testigos de Jehová comparado con la Biblia. La Selección Argentina es una cosa que sin duda sucede en el pasado. Se disfruta más en la infancia, cuando uno no sabe que el fútbol es una excusa para vaciarnos el cerebro.   

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El primer Mundial del que tengo recuerdos es el 94 que, como esta Copa América, también fue en Estados Unidos. Cuando Argentina quedó eliminada hinché por Bulgaria, que nos había ganado en la fase de grupos pero tenía un equipazo comandado por un amigo de Maradona, Hristo Stoichkov. Salieron terceros o cuartos. Nunca me acuerdo si le ganaron o no a Suecia (que también tenía un buen equipo). Tengo un amigo en Bulgaria. Lo primero que me contó de ese país es que todos se llaman Hristo. Allá es como llamarse Carlos.

En esa época no existía este auge por el fútbol europeo, no había tanta información, no éramos tan tilingos. Los Mundiales entonces eran los eventos en los que uno se enteraba de la existencia de jugadores copados como el nigeriano Jay Jay Okocha o el 10 de Arabia Saudita, Al Owairan.  

Todavía me acuerdo el color del cielo del día del partido contra Rumania. Me emocionaba mucho que Ortega reemplazara a Maradona. Ortega es como mi magdalena de Proust. Jugó un partidazo pero no alcanzó. Era el único que quería jugar y se notaba.   

Cuando me enteré de la suspensión de Maradona me largué a llorar desconsoladamente. En su programa Bernardo Neustadt congeló la imagen de Maradona gritando el gol contra Grecia y se preguntó si esa era la cara de un hombre sano. Este país siempre estuvo lleno de peligrosos caretas. El Mundial 94 dejó una sensación de velorio, de domingo a las siete de la tarde.

Hoy al mediodía en un programa de mierda de esos en los que unos tipos con traje compiten para ver quién grita más alto comparaban a Maradona con Messi. Se preguntaban cuál es la diferencia entre los dos. A mí me encanta Messi pero la diferencia es esta: por ahora nadie llora por él.   

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Vi dos veces a Maradona en una cancha. Las dos en el Mundialista, una vez como jugador y otra como técnico.

Como jugador fue en un partido de la Selección contra Dinamarca. La cancha estaba muy llena y como yo tenía ocho años no veía absolutamente nada. El pretexto era la Copa Artemio Franchi. Nunca supe qué era eso. En la platea cubierta estaba Roberto Carlos. Cada tanto mi viejo me decía: "Mirá, Fede, ese es Maradona". Maradona se veía a lo lejos rodeado de daneses altos y rubios que no le podían sacar la pelota.


Como técnico lo vi un par de años después cuando junto a Carlos Fren se hizo cargo de Racing. Ya era el periodo Say No More de Maradona. Usaba camisas y corbatas multicolores. Tenía puesto un traje gris que le quedaba grande. Maradona siempre se pone trajes que le quedan grandes. En ese sentido es un niño: si no tiene una camiseta de fútbol parece que está disfrazado. Yo estaba en la popular de River y la gente le gritaba "drogadicto", "puto" y ese tipo de cosas que la gente “normal” le dice a los poetas malditos. Cada tanto Maradona se levantaba del asiento del banco, miraba a la popular de River y hacía visibles cortes de manga. A los hinchas de River no les molestaba que Maradona les hiciera cortes de manga, más bien se reían y decían "Qué hijo de puta" con admiración. Lo querían pero no sabían cómo expresarlo.   

miércoles, 25 de mayo de 2016

El lado ominoso del histrionismo


Siempre me pareció que lo mejor de Lynch era Twin Peaks y lo mejor de Aira son sus Relatos Reunidos. En los dos casos, tanto Lynch como Aira, en vez de darle rienda suelta a su imaginación desbordada como quieren sus fans, se tuvieron que adaptar a esquemas ajenos, algo restrictivos, y ganaron sustancia sin perder un ápice de sofisticación y delirio. La verdad es que la autocensura tiene mala fama pero a veces no viene nada mal.

Algo similar me pasó al comparar las películas de Luis Ortega con Historia de un Clan, una serie del año pasado que es probablemente uno de los puntos más altos del género junto a Okupas. Yo no la quería ver de puro prejuicioso hasta que pesqué un video de YouTube en el que las hijas de Puccio bailan “La grasa de las capitales” frente a una mesa en la que hay cuatro personas con máscaras de Videla, Perón, Evita y Menotti. La escena es un símbolo de la dictadura. Incluso aislada del capítulo del que forma parte funciona estéticamente como una canción a la que no le entendemos la letra ni la estructura musical pero que no podemos dejar de escuchar. Se trata de una imagen tan siniestra como adictiva y remite directamente a Kynodontas, película griega del 2009 sobre una familia demencial en la que el padre en vez de secuestrar rugbiers, secuestra a sus propios hijos (dos de ellas mujeres que también hacen coreografías siniestras).

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Historia de un Clan está llena de guiños de los que a mí me resultaron especialmente placenteros los siguientes:

1) En un capítulo Puccio psicopatea al familiar de una víctima y, entre otras cosas, le dice “La entrada es gratis, la salida… vemos” (tanto Luis Ortega como Pablo Ramos, dos de los guionistas de la serie, han reconocido públicamente que son fans de Charly García).   

2) En otro capítulo el Coronel (Tristán) sienta a una chica trans en una silla, le pone un vaso de leche en la cabeza, le apunta y le dispara. William Burroughs hizo lo mismo con su mujer, con dos pequeñas diferencias: en vez de un vaso había una manzana y en vez de acertarle, la mató.   

3) El segundo secuestrado de los Puccio es (como el primero) un jugador de rugby. En una escena se lo ve junto a otros integrantes del CASI (entre ellos Alejandro Puccio/Chino Darín) iniciando a un novato en la ceremonia secreta del Tercer Tiempo (donde los rugbiers subliman la represión reventándose de mil diferentes maneras). En este caso los rugbiers agarran al novato, le bajan los pantalones, le muerden el culo y le tiran cerveza con el cuerpo boca abajo. Ahí se nota la ambición literaria de la serie que de este modo actualiza la conexión El Matadero/La fiesta del monstruo/El niño proletario disimuladamente. Como sabemos hay una línea crítica que sostiene que la escena capital de la literatura argentina es la vejación sexual con trasfondo político.    

Los guiños culturales funcionan cuando alguien (un director, un músico, un escritor) reúne en un mismo trabajo muchas referencias que siempre habíamos sentido semejantes y que nadie se había encargado de asociar.   
  
La serie empieza con un intento de suicidio de Alejandro Puccio saltando desde las escaleras de un juzgado. Cuando lo vi pensé en el tipo que se tira por la ventana en Cicatrices y dice: “Los pedazos no se pueden juntar”. Creo que es lo único que me acuerdo de Saer. Algunos criticaron la serie porque juega con la historia real como un jazzista con un standard. A mí eso me parece lo mejor de todo, para saber lo que pasó miro el noticiero.

Después me enteré que Alejandro Puccio se tiró de verdad. Con esto quiero decir que todos estos links tal vez sólo estén en mi cabeza.   

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Es un lugar común de la crítica cinematográfica elogiar a cualquier comediante que se sale de su estereotipo e interpreta a un villano. En la Argentina el caso más conocido fue Guillermo Francella en Tiempo Final (que, con el tiempo, también hizo a Puccio). Yo no sé si Francella es tan buen actor dramático como creemos, lo que sí sé es que Tristán como villano es un hallazgo trascendental. Los gestos de Tristán en Historia de un Clan son como el lado ominoso del histrionismo. 

El gran acierto de la serie es haber sabido captar el carozo del terror argentino, que no es otra cosa que el eterno retorno del terrorismo de Estado volviendo en forma de fichas. Los argentinos somos personas que a lo largo de la historia, por alguna extraña razón, resolvimos las cosas a través del secuestro y la tortura. Eso está ahí aunque intentemos barrerlo debajo de la alfombra. Es como un deseo prohibido que emerge en las pesadillas con aspecto morboso. Eso sumado a la atmósfera enrarecida, algo incestuosa, de la familia Puccio y la violencia estética innata de los interiores de la clase alta de San Isidro son un cóctel que no se mezcla solo.  

“A tu papá le meto el pito en la boca y a tu mamá le hago caca” le dice el personaje de Pablo Cedrón a Tom, un noviecito de la más chica de los Puccio. El vocabulario infantil ubicado en la voz de un hombre grande y degenerado es perfecto para expresar la maldad humana. En la calle yo conocí gente que habla así y no se da cuenta. Los monstruos no saben que lo son (por eso Awada brilla como Arquímedes). Todo esto daría la impresión de que la serie es como meter la cabeza en un balde de mierda, un rejunte de escenas sórdidas y repulsivas, pero también es erótica y cómica.     

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Hace un par de meses me secuestraron. Virtualmente, claro. Estaba durmiendo y me desperté con varios llamados en mi celular. Eran mis viejos preguntándome si estaba bien. En la mitad de la madrugada alguien los había llamado diciéndoles que era su hijo y pidiéndoles plata a los gritos a cambio de que lo dejaran de torturar. Ellos estaban al tanto de esta modalidad de extorsión al voleo sin embargo no pudieron evitar comprobar que yo estuviera sano y salvo. Creo que, involuntariamente, estos secuestradores virtuales meten el dedo en la llaga del inconsciente colectivo de los argentinos.

Nadie se puso a pensar que tener una vida virtual tal vez implique que en ese plano también ocurra nuestra muerte mientras nosotros seguimos vivos.

Por otro lado, el hecho de que alguien en algún lugar de la ciudad se estuviera haciendo pasar por mí me dejó perturbado durante varios días. Fue como sentir en carne propia el lado ominoso del histrionismo. Viva la Patria.  

viernes, 6 de mayo de 2016

Radiohead



Hoy se estrenó el segundo video del nuevo disco de Radiohead. Lo dirigió Paul Thomas Anderson, probablemente el director más pretencioso, genial e insoportable de los últimos 20 años. Algo similar se puede decir con respecto a Radiohead. De hecho PTA y Radiohead eran como dos líneas paralelas que se tenían que juntar en algún momento.  

Una de las pocas noticias agradables que la cultura rock le puede enviar al mundo es que cada tanto aparece un nuevo disco de Radiohead. A mí no me vuelven loco desde hace mucho pero el solo hecho de saber que van a sacar algo nuevo es lo que Borges llamaría la inminencia de una revelación que no se produce: arte. Deja todo lo supuestamente interesante de la cultura rock del nuevo milenio en un segundo y ridículo plano (pienso ahora en la ansiedad impostada ante la grilla de los grandes festivales). 

El video muestra a Thom Yorke deambulando por distintas locaciones mientras carga sus 47 años con honestidad y despreocupación. En redes sociales (especialmente en Twitter) muchos fans se espantaron por su aspecto. Esto comprueba algo que vengo pensando hace mucho: que a Radiohead lo están escuchando las personas equivocadas. 

Cuando me refiero a "personas equivocadas" estoy siendo totalmente resentido y discriminador (y tal vez cosas peores) aunque en mi defensa podré alegar que sin estas "personas equivocadas" yo no sería ni resentido ni discriminador. ¿Saben de quiénes habló? Personas que parecen vivir en una fotografía de Instagram y cuyo mayor esfuerzo es deslizar su dedo índice por la pantalla táctil de un celular. Esto no sería grave ni criticable sino fuera porque en determinado momento esta gente decidió que no sólo bastaba con ser linda y cool, sino que también se iba a adueñar ¡de todo lo nos hace sentir bien a quienes no lo somos! 

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Fabián Casas dice que la música de Spinetta es como su cara. Lo mismo se puede decir de la música de Radiohead y de la cara de Thom Yorke. El ojo deforme de Thom Yorke es fundamental porque detrás de él subyace una idea en la que se apoya buena parte de la cultura rock: la venganza de los nerds, la consagración simbólica de los condenados al bullying por feos, tontos o aburridos (o por las tres cosas juntas). Ahora nos enteramos, como a quienes les revelan una verdad atroz e indecible, que mucha gente se sorprende porque Thom Yorke es feo. 

Recuerdo un video en el que Radiohead interpreta "Bones" en la tele y cuando llega el clímax de la canción Thom Yorke se retuerce en terribles y maravillosos espasmos como si tuviese epilepsia o algo peor. Eso es lo hermoso para quienes de verdad aman a Radiohead. 

No me extraña entonces que el genio de Paul Thomas Anderson haya devuelto a Thom Yorke a la estética deforme que hizo grande a Radiohead. Es bueno que la gente haga bromas en Twitter con su cara, eso confirma que el espíritu de Radiohead sigue vivo y pone las cosas en su lugar.

Ey lindos: no molesten a Radiohead, no arruinen su real significado, ustedes no necesitan escucharlos. Para todo lo demás está Maroon 5 (que además de tener un cantante lindo es una buena banda).  

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Dicen que el primer video está basado en una película de los 70 llamada El hombre de mimbre y yo lo único que puedo pensar es en qué buena estaría una versión de Radiohead de "Dedos de mimbre".  

A mí el video de Thomas Anderson me recordó a "Nuestro iglú en el Ártico", un cuento de Levrero en el que un personaje se despierta y descubre que detrás del armario de su habitación hay una puerta que lo lleva a distintos ambientes que no sabía que existían. Al final se cruza con una mujer y se besan "solos en algún lugar del mundo".

lunes, 25 de abril de 2016

El niño de la banda roja


Desde que somos chiquitos sabemos que Sebreli está en contra del fútbol. Se trata de un gesto tan interesante como propio de un estereotipo intelectual anacrónico, ensimismado en la torre de marfil.

El problema de Sebreli es que no entiende el fútbol. Me di cuenta de esto en una vieja entrevista en la que presentaba un libro en el que ahora no sólo estaba en contra del fútbol sino también de Maradona, Evita, Gardel y el Che Guevara, A mí me gusta el Sebreli joven de Buenos Aires vida cotidiana y alienación, ese que al final llamaba a modificar la vida a partir del cruce de Rimbaud y Karl Marx...   

En esa entrevista y queriendo derribar el mito de Maradona Sebreli dijo que una de las causas por las que Pelé era mejor residía en que ¡había marcado más goles! Eso es no entender nada y hasta cuesta explicar de qué forma lo es. O sea que las críticas de Sebreli al fútbol pueden ser atendibles en cuanto a fenómeno de masas pero ya parten de una equivocación con respecto al significado del deporte. Si Sebreli cree que quien mete más goles es mejor entonces niega la gracia misma del fútbol, que va mucho más allá de las estadísticas (se diría incluso que lo más gris del fútbol son las estadísticas, las de Pelé en especial). No le encuentra sentido, de ahí la irritación (sumado esto a su pertenencia de clase, su ideología, su humor al día en que hizo este comentario sobre Pelé y Maradona, que no recuerdo exactamente dónde fue pero seguro fue en Canal 7, en programas de Osvaldo Quiroga y Cristina Mucci con horarios rotativos o algo así porque siempre, con De la Rúa o Néstor o Macri, aparecen en el instante del día más retorcido, ya sean las siete o las dos de la mañana).

Mi problema con el fútbol es otro. Le encuentro sentido, hasta un sentido cercano a la belleza estética (supongo que por ahí licuaremos cantidades industriales de homosexualidad reprimida), lo que me resulta inconcebible, a veces, es lo que rodea al fútbol (incluido el público, del que soy parte).

¿Por qué naturalizamos que cuando un jugador contrario tira un centro (en este caso fue D'alessandro) tenga que recibir escupidas, insultos y un encendedor en la espalda por parte de la hinchada local? ¿Por qué eso está bien? Por lo menos no está tan mal como para remarcarlo.

Ayer presté atención a la cara de los que insultaban a D'Alessandro y pensé que esos tipos (lo mismo diría si fueran de River o Godoy Cruz) después le tienen que decir a sus hijos que no traguen pastillitas de extraños. Una buena pregunta para hacer sobre la muerte de los chicos en la fiesta electrónica es ¿por qué creemos que una sociedad enajenada va a generar comportamientos no-enajenados?  

Por otra parte ¿qué porcentaje ocupa el fútbol en nuestra cabeza? Yo supongo que uno bastante importante. En días de superclásicos (no el de ayer, claro) o de partidos decisivos casi diría que pienso todo el tiempo en River. O sea que puedo estar hablando del clima o de la situación política de Brasil (sin saber un carajo) pero siempre hay una gran porción de mi mente que se quedó anclada en el fútbol. ¿Eso es bueno? ¿Eso no es ser un zombie? ¿No deberíamos estar interesándonos por cosas más importantes, cosas nuestras por ejemplo, en vez de preocuparnos por gente que no nos conoce y quiere meter goles? 

Tal vez el desarrollo del partido alentó mi cortocircuito con el fútbol, ¡mi neosebrelismo! Lo que se vio fue algo espantoso y además aburrido. Ahora el fútbol es un catálogo de arbitrajes, bromas de las hinchadas y lesiones. River nunca demostró que tenía un jugador de más. Controló el balón pero Boca, en sus espaciados ataques, fue más incisivo, más profundo. En algún momento pareció que los de Gallardo le dejaban la épica servida. Eso sí sería un retorno total a los 90. Me pregunto a qué "normalidad" se habrá referido Tevez el año pasado.

Lo único rescatable fue el juego de D'Alessandro, que en medio de ese panorama, incomprendido y aun sin romperla, era como la fucking niña del abrigo rojo de La lista de Schindler. Creo que me gusta otra vez el fútbol.  


jueves, 14 de abril de 2016

La patria es Mercedes Ninci


A raíz de una trifulca entre estudiantes y policías en medio de las manifestaciones del Mayo Francés Pasolini escribió un famoso poema-ensayo titulado “Los odio, queridos estudiantes” (también conocido como "El PCI para los jóvenes") en el que se declaraba a favor de los policías porque ellos, a diferencia de los estudiantes, eran hijos de pobres:

En Valle Giulia, ayer, hemos tenido un fragmento
de lucha de clase: y ustedes, amigos (aunque de la parte
de la razón) eran los ricos,
mientras que los policías (que estaban de la parte
equivocada) eran los pobres. ¡Linda victoria, entonces,
la de ustedes! En estos casos,
a los policías se les dan flores, amigos.

Es decir, Pasolini se daba cuenta de que el sistema tenía más que ver con los padres de esos estudiantes súper burgueses que con la policía. Algo de eso intentó expresar Bertolucci en Los Soñadores aunque pocos pudieron prestarle atención al mensaje con las tetas de Eva Green en primer plano.

Lo genial de la empatía de Pasolini es que se trataba de una empatía incómoda, políticamente incorrecta, algo así como un segundo nivel de empatía consistente en sentirse identificado con todos pero especialmente con quienes odiamos.

En estos días percibí varias situaciones en las que me parece que haría falta la empatía heterodoxa de Pasolini.

Por ejemplo, en medio de los frecuentes desalojos de Capital un mantero revoleó por el aire a un policía y todo el progresismo argentino festejó a las carcajadas. Nadie pensó que ese policía es enviado a hacer su trabajo por sus superiores o que puede tener hijos que sufren al verlo hacerse mierda contra el piso.   

Por ejemplo los taxistas, tal vez a causa del prejuicio, temen perder su trabajo y muchas personas lo festejan porque se supone que son fachos e ignorantes.

***

Habitualmente almuerzo cerca de las tres de la tarde y viendo televisión. Desde hace un tiempo me gusta ver un programa de Canal Trece llamado El diario de Mariana. Allí se amontonan un montón de panelistas que dicen cosas con las que no estoy de acuerdo. Aunque no coincida a mí me agrada escucharlos. No sé por qué, debe ser porque ya sé cómo pienso y no quiero que Roberto Navarro me lo diga a los gritos y con grandes dosis de demagogia. Sin dudas también existe un regodeo morboso en mi costumbre de ver por lo menos quince o veinte minutos de ese programa. El objeto de ese regodeo es esperar a que Mercedes Ninci diga algo por completo descerebrado para, a continuación, disfrutar porque yo no soy así.  

Muchos anti-macristas ven a Roberto Navarro para saber qué pensar. Yo, en cambio, veo a Mercedes Ninci y pienso lo contrario.  

No sé muy bien qué es, probablemente la fusión de su tono de voz y las barbaridades que dice (algunas de ellas tan hirientes como infundadas) pero Ninci es una persona casi intolerable. Ayer fue la marcha de apoyo a Cristina y algunas personas la trataron bastante mal. La empujaron y terminó tirada en el piso rodeada de personas que la miraban como a un perro al que se le cuentan las costillas. La misma situación con respecto a una periodista afín hubiese provocado la indignación de todo el kirchnerismo.

Muchas personas justificaron la agresión porque, en apariencia, Ninci fue a provocar a La Cámpora. Hay un error de concepto en esa apreciación: ¡justamente porque fue a provocar deberían haberla tratado bien, muchachos! Otros dicen que no les importa que agredan a Mercedes Ninci porque cuando la policía reprime a una murga de niños las mismas personas que ahora se indignan no dicen nada. Esa deducción me parece rarísima. Es nivelar para abajo: en vez de copiar las actitudes nobles y generosas para que todos seamos mejores, copiamos las actitudes miserables e insensibles para que todos seamos peores.

“Así no van a convencer a nadie” alertó Cristina, lúcida, cuando los militantes empezaron a bardear a Diego Bossio. El incidente con Mercedes Ninci y ese cántico contra el ex frontman del ANSES tal vez sean nimiedades pero confirma que cierto sector del kirchnerismo en vez de decidir de manera política y estratégica, lo está haciendo de manera emocional e impulsiva. Entonces se multiplican los insultos, se difunden noticias falsas, se sacan frases de contexto, el anti-macrista es el anti k del otro lado del espejo. Algo de esa actitud endogámica se puede rastrear en quienes confunden deseo con “realidad” y creen que los votantes de Macri ya están arrepentidos de votarlo. Habrá algunos, pero la gran mayoría lo votó para que haga exactamente lo que está haciendo. Es que si vivimos atados a un microclima en el que todos piensan igual y sólo vemos la información que nos conviene corremos el riesgo de enfermarnos de coyuntura, como quienes se alegran de los despidos en el Estado. Sencillamente olvidamos que existe el otro. De hecho se suponía que la Patria era el otro. Mercedes Ninci incluida.  

martes, 5 de abril de 2016

La grieta


Hace mucho (por lo menos un año) dejé de ver series. Sinceramente me pudrieron. Les empecé a ver las costuras y se me volvieron predecibles (probablemente por haber visto demasiadas). O tal vez fue que elegí mal porque las últimas cuatro o cinco que vi (a excepción de The Americans) me parecieron desastrosas. Pero el otro día me enteré (tarde) de que había una nueva serie de Louies C.K y no pude resistirme a bajarla.

La serie se llama Horace and Pete y creo que es una obra maestra. "Creo" porque vi un solo capítulo y tal vez los siete restantes sean horribles pero lo dudo mucho.

Lo que más me gustó de Horace and Pete, en un principio, es que es una serie deliberadamente aburrida o, que por lo menos, parece no tener groove, es decir, va en contra del vértigo narrativo imperante. Dura una hora y pico, tiene un intervalo, no hay actores lindos, casi no tiene música incidental (y cuando la tiene es cursi y sensiblera), la puesta es prácticamente teatral, el tema final es de Paul Simon. Es como si todo fuese hecho a propósito para no tener onda (provocando el efecto contrario, claro). Es una serie para ver tomando un whisky, con el celular apagado y sin twitter, por decir una boludez simbólica que todos van a entender.

Mayormente, la serie transcurre en el bar de Horace (Louies C.K) y Pete (Steve Buscemi). También son parte del reparto glorias como Jessica Lange y Edie Falco (la esposa de Tony Sorpano). El bar, estéticamente anacrónico, es regenteado por los dos hermanos (al finalizar el capítulo nos enteramos de que en realidad son primos) y un tío anciano que, con su amargura y su brutalidad, se roba buena parte de la atención.

El bar me recuerda a esos bares pesimistas sobre la condición humana que aparecen muy seguido en los cuentos de Carson McCullers o Bukowski. Esos bares de mierda en los que, sin embargo, la literatura y el cine ponen a funcionar la vida.

Todos los personajes de la serie parecen resignados y tristes, deambulan por ahí como si les hubiese pasado algo tremendo y sin solución. Aunque por momentos es muy cómica Horace and Pete transmite una melancolía pegajosa. Los únicos felices son los hipsters, que curten el bar como consumo irónico.

Ya en Louie, una serie aparentemente cómica que llegó a niveles extraordinarios de profundidad narrativa, se notaba que a su protagonista y creador le tiraba cada vez más el drama. Horace and Pete es el resultado de ese tirón.

A primera vista, tanto en Louie como en Horace and Pete hay algo que causa incomodidad: el modo en que actúan los personajes, sus conductas, los diálogos algo inconducentes, el ritmo aletargado. Después uno se hace fan de esa incomodidad. Es como escuchar una de esas músicas raras en las que tenemos que saltar un filtro para naturalizarlas y hacerlas nuestras.  

La serie trata sobre los problemas familiares de Horace y Pete (sus enfermedades, sus hijos, sus hermanos, sus parejas, sus negocios) y cada tanto pone la lupa en las conversaciones de los borrachos del bar.

La serie tiene un registro humano atemporal pero también se exponen temas de coyuntura yanqui sin anestesia. Una de estas conversaciones entre borrachos se da entre un conservador y un liberal y tiene algo de fábula o de chiste malo. 

Para hacerla corta el conservador le dice al liberal que los de su ideología son todos unos boludos y el liberal le dice al conservador que los de su ideología son todos unos forros. En el medio de los dos oponentes hay un tipo que actúa como árbitro que les aconseja que en vez de juzgarse el uno al otro describan lo mejor de sus ideologías. Entonces el conservador dice cosas irreprochables sobre los conservadores y el liberal dice cosas irreprochables sobre los liberales. El mediador les dice que si partieran de la definición que dieron sobre sí mismos tal vez podrían llegar a ponerse de acuerdo. La escena parece apuntar a una especie de redención pre-ideológica hasta que un personaje que también está acodado en la barra del bar (que ya tiró datas entre paranoicas y anárquicas) dice:

-¿Quién dijo que se quieren poner de acuerdo? No quieren llegar a ninguna clase de consenso. Para ellos esto es un fucking deporte.